El contexto histórico ayuda a entender la situación: durante los años noventa, las políticas de licencias de fabricantes como Sega eran mucho más restrictivas y costosas para los desarrolladores externos, lo que llevó a algunas compañías a explorar vías alternativas, no siempre del todo legales, para publicar sus juegos sin pasar por esas condiciones.
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Lo irónico de esta historia no se nos escapa: la misma industria que hoy persigue con uñas y dientes cualquier filtración o descarga no autorizada de sus juegos, tiene en su propio pasado episodios bastante turbios en ese mismo terreno. No lo contamos para justificar la piratería actual, ni mucho menos, sino porque este tipo de contexto histórico es un buen recordatorio de que las líneas entre "protección legítima" y "conveniencia corporativa" siempre han sido más difusas de lo que las editoras quieren admitir.

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